Serigne Mbaye «Yo soy un refugiado climático»

Serigne Mbaye es un refugiado climático. Es senegalés, tiene 42 años y lleva más de una década en España. Una mañana, decidió subirse a una patera y dejar atrás una vida que amaba, hasta que el calentamiento global se cruzó en su camino. Serigne ha narrado su historia en la Revista Ethic (Luis Meyer) que contactó con él a través de Manos Unidas y en el marco de su participación en la jornada "Migraciones Climáticas" organizada por "Enlázate por la Justicia" formada por Cáritas, CEDIS, CONFER, Justicia y Paz, Manos Unidas y REDES (Red de Entidades para el Desarrollo Solidario), dentro de la campaña "Si cuidas el planeta, combates la pobreza".

Serigne Mbaye. Foto de Luis Meyer | Noemí del Val de ETHIC
Serigne Mbaye
Refugiado climático

Serigne Mbaye es un refugiado climático. Ha narrado su historia en la Revista Ethic con motivo de su participación en  la jornada "Migraciones Climáticas" organizada por "Enlázate por la Justicia"

Soy un refugiado climático. Quiero contaros los motivos de mi gran viaje. Porque fue la decisión más dura de toda mi vida. De repente, después de tantos años, cuando yo tenía treinta, tuve que abandonar a mi familia. Soy de un pueblo de pescadores de Senegal. Aprendí el oficio desde muy pequeño y salía a navegar con los adultos. No teníamos que ir muy lejos, porque había abundancia de peces. Mi padre es de la zona interior del país, era agricultor. Yo me he criado, por tanto, entre los campos de cultivo y la pesca (mi padre la vendía en el mercado). Estudiaba mucho y sacaba buenas notas en el colegio, pero en mi país creemos en la grandeza de la familia y en el deber de ayudarnos unos a otros. Por eso, de niño, aunque iba al colegio, también salía a pescar. Pero, en vacaciones, iba al pueblo de mi padre. Me encantaba el campo y esa era una zona preciosa. Cultivábamos cacahuetes, yuca y muchos más frutos. A la familia de mi padre le iba muy bien. Al final de las estaciones de lluvias, cuando acababan las cosechas, vendían parte de lo recolectado y, con el resto, se alimentaban.

Mi padre conoció a mi madre cuando venía al pueblo a comprar pescado y a vender lo cosechado. Yo nací y crecí junto al mar, por eso me hice pescador en cuanto terminé el colegio. Llegué a tener hasta mi propia embarcación con dos amigos. Capturábamos meros, o pulpos, y siempre a escasos metros de la costa. No teníamos que navegar demasiado. En el mar había abundancia, el mar nos daba la vida. Había riqueza para todos. A veces, salíamos por la mañana y, al mediodía, ya estábamos de vuelta vendiendo en el mercado. Incluso empecé a tener ahorros y a cumplir uno de mis sueños, que era construir una casa nueva para mi familia. También cultivábamos en nuestro jardín, porque allí donde vivíamos era una zona muy húmeda después de las épocas de lluvias.

En la travesía, nos cruzamos con restos de pateras y chalecos vacíos flotando

Pero, según avanzaban los años, la situación iba cambiando, casi sin darnos tiempo a tomar conciencia de lo que estaba sucediendo. Las estaciones se volvieron impredecibles y una gran sequía avanzaba imparable. Los terrenos en los que cultivábamos, antes ricos, se volvieron yermos.

Y al mar le pasaba lo mismo. Cada vez teníamos que recorrer más kilómetros, ir hacia la línea del horizonte, para encontrar a los peces. Algunos desaparecían de un año para otro. Y cada vez arriesgábamos más, porque íbamos más lejos, y teníamos que pasar dos o tres días en el mar, en una embarcación pequeña y rudimentaria.

El refugiado climático Serigne Mbaye en la jornada "Migraciones Climáticas" organizada por Enlázate por la Justicia

Los culpables eran los barcos industriales que trabajan para grandes multinacionales. Venían por la noche, sobrepasaban el límite que tenían por ley y arrastraban sus redes cerca de nuestra costa. Y tiraban el pescado muerto que no les servía. Reclamamos a nuestro Gobierno, pero no había nada que hacer: están comprados, les sobornan para poder faenar más allá de donde les está permitido. Los peces desaparecían por su forma de pescar, y la polución que traían sus grandes barcos.

El drama en el campo era peor si cabe. Como la sequía azotaba las cosechas cada vez más, mucha gente empezó a cultivar con productos químicos. Entonces las plantas crecían como por arte de magia, pero era un espejismo; la producción se agrandó repentinamente, pero por poco tiempo. Ahora, lo que antes era una tierra fructífera, es suelo duro, reseco. Cada vez más jóvenes de mi pueblo lo abandonaban para subirse a una patera y cruzar a Europa. Arriesgaban su vida, pero lo preferían a quedar- se en un sitio que ya no tenía nada que ofrecerles. Mejor arriesgarla si hay algo de esperanzas que morir de hambre.

Mejor arriesgar la vida si hay algo de esperanzas que morir de hambre

Por eso, yo decidí irme también. Con unos amigos, organizamos una patera. Unos la construían, otros recolectaban dinero para gasolina y para los motores. Otros recopilaban víveres y agua. Ahí empezó el viaje. Junto a mucha gente de nuestro pueblo y de otros de alrededor. También de países como Mali. Nos subimos 95 personas a aquella patera que, por muy grande que fuera, nos obligaba a convivir de forma muy cercana durante siete días de travesía por peligros que ni imaginábamos. Solo cinco o seis éramos pescadores, el resto no había navegado nunca. El mar es peligroso, especialmente en la ruta que hicimos, de Senegal a España. Nunca me habría aventurado a algo así de saberlo. Sé de otros compañeros que hicieron la misma travesía en barcos europeos contratados y terminaron volcando. La costa de Mauritania es muy traicionera, por eso nos alejamos y ese trecho navegamos mar adentro.

Los primeros días muchos vomitaban, tenían ataques de pánico. Hubo discusiones muy tensas. En un momento dado, una gran parte de la embarcación quería dar media vuelta. Y dejar nuestros sueños allí, en el mar. Nos quedaba cruzar la zona entre Marruecos y España, donde se juntan dos mares con furia, generando unas olas gigantescas. Decidimos, finalmente, seguir hacia delante, y nos encontramos con restos de embarcaciones en el camino. Veíamos chalecos salvavidas flotando, vacíos. A veces, cadáveres. Fueron momentos de miedo, de terror. Pasamos por un par de temporales que dejaron nuestra patera destrozada. Los dos últimos días se anegaba y tuvimos que cortar nuestros bidones de agua potable para usarlos como cubos y poder achicar.

Poco antes de llegar a España se cayó un compañero al mar y no pudimos salvarlo. Desapareció, como una piedra. Nos dejó muy tocados. Pero alcanzamos la costa. Llevo 12 años aquí, tengo una nueva vida, trabajo en un restaurante y soy feliz. Pero no es una vida que haya elegido yo. Sigo soñando con mi pueblo de pescadores. Con mi familia. Con aquella plenitud. El cambio climático y los atropellos del mundo desarrollado, me la han arrebatado.

Galería de imágenes: 
Serigne Mbaye en el encuentro "Migraciones Climáticas" organizado por Enlázate por la Justicia. Foto Marta Isabel González/Manos Unidas
Victor Viñuales en el encuentro "Migraciones Climáticas" organizado por Enlázate por la Justicia. Foto Marta Isabel González/Manos Unidas
Otro de los momentos de la joranda "Migraciones Climáticas" organizado por Enlázate por la Justicia. Foto Marta Isabel González/Manos Unidas
Galería de vídeos: 
Migraciones Climáticas - Enlázate por la Justicia
Migraciones Climáticas - Enlázate por la Justicia

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